20/2/09

¿me doma usted por un bollo?

El lunes 19 de enero de 2009 se cumplieron 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe.

Además del año Darwin, este va a ser un año Poe, o sea que no me explayaré en biografías y excelencias. La red está y estará llena de información y homenajes a este hombre de mirada triste a quien tanto tantos debemos, como yo bisba y Tim Burton, por ejemplo. Hoy lo que me apetece contar es como entró Edgar Allan Poe en mis querencias.


Daguerrotipo de Edgar Allan Poe (1848) tomado por W.S. Hartshorn



“La infancia conoce el corazón humano.”
E.A. Poe

Yo fui una niña muy sana, sanísima. Ni sarampión, ni varicela, ni escarlatina, ni paperas... y eso que mi madre me enviaba de visita a casa de mis amigos enfermos, a ver si los pasaba ya de una vez. Yo envidiaba secretamente las colchas y cortinas rojas que les ponían a los del sarampión y el tiempo que se saltaban de clases, pero no pillé nada.

Eso sí, tenía anginas. Anginas con placas de pus, febriles. Fueron mi enfermedad recurrente. Y tuve tosferina.

No recuerdo si aquella vez eran unas u otra, pero sí recuerdo que ya estaba más que harta de la convalecencia y de aburrirme sola en la cama. Todo el mundo muy ocupado, nadie me hacía caso. Y entonces, una tarde especialmente larga, vino mi hermana Ima a estar conmigo, a hacerme compañía.

Ima es la mayor de cuatro hermanas, yo la pequeña. Siempre ha sido mi modelo más admirada y mi punto de referencia. Nos quisimos, nos queremos.

Es una mujer alta y fuerte, con una vitalidad telúrica y un universo propio donde caben en armonía lo real y el misterio. Ya desde pequeña tenía una marcada personalidad e ideas poco convencionales y de mayor ha desarrollado una lucidez y una capacidad para la ternura enormes y simultáneas, cualidades raras y preciosas.

Ella es así, rara y preciosa. Sigue siendo mi modelo, incluso más ahora, desde su sabia madurez y su modo de sonreír a pesar de las muchas lágrimas, a pesar de todo.

Si alguna vez, en algo, he conseguido ser una madre cercana, afectuosa y divertida, lo aprendí de ella.


Aquel día, aquella Ima adolescente, en un gesto poco adolescente (los adolescentes son por naturaleza egocéntricos) y sí muy generoso, decidió entretenerme un rato con algo muy propio para un niño enfermo: leerme un cuento.

Pero aquella tarde no se vino con un libro de cuentos para niños bajo el brazo, sino con los cuentos completos de Edgar Allan Poe de Alianza, traducidos por Cortázar*, una edición de la colección El libro de bolsillo, en dos volúmenes de cubierta azul con una calavera con un manchurrón de sangre en el ojo, diseñada, por supuesto, por Daniel Gil.

Y me leyó El Ángel de lo Singular.


Puede que fuera porque se trató de mi primer contacto placentero y consciente con la literatura adulta, puede que colaborara la fiebre o lo mucho que necesitaba en esos momentos un poco de atención y dedicación, pero esa lectura fue un deslumbramiento, un suceso importante, casi fundacional. Ahí, escuchándola, ocurrió algo.

Recuerdo aún con toda claridad muchos de los diálogos desternillantes y la voz de Ima teatralizando el relato, para hacerme reír, para que yo pudiera comprender lo que mi falta de léxico y de madurez no me permitían. Ima interpretaba, histriónica:


- ¡Alas! -gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¿Me doma usted por un bollo?.

- ¡Oh, no, ciertamente! -me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!

- Pueno, entonces quédese sentado y bórtese bien, o le pegaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Singular.


Mientras escribo esto me estremezco, me asalta la emoción intacta después de tantos años. Puedo verme en la cama, escuchando fascinada y sin osar moverme para no romper el encanto, la veo a ella a mi lado con el libro en la mano y su melena larga y morena, veo la luz que nos acoge y el exacto tono amarillo en que está pintada la habitación, que huele a Vikcs-Vaporub.

Ima me regalaba su afecto gratis y porque sí, y me regalaba también la posibilidad de la risa, del misterio, de lo absurdo, de lo no controlado ni controlable, en suma: me regalaba una mirada nueva y distinta de la vida.

Ima regalándome esa revelación llamada Edgar Allan Poe que ella misma apenas acababa de descubrir.


Hay momentos mágicos en la existencia. Momentos que, no sabemos porqué, se convierten en sucesos llenos de significado, se graban en nuestra memoria emocional y nos dan sentido o nos tergiversan el sentido para siempre jamás.

Algunos años después, cuando yo iba a la deriva por mi propia adolescencia, reconocí esa portada en una librería. Por supuesto me compré los dos tomos a pesar de ser una estudiante sin recursos, en aquel momento esos dos volúmenes extra, aún en edición de bolsillo, suponían todo un capital. El único referente que tenía para invertir tanta pasta en esos libros de un autor para mí desconocido era el estremecimiento de un recuerdo precioso. La emoción ante un descubrimiento compartido con mi hermana una tarde de fiebre. Suficiente.

Y así entró en mi vida para instalarse Edgar Allan Poe.

Me fascinaron y encandilaron todos sus cuentos, la intriga, el misterio, su modo de incorporar lo sobrenatural... Poe irrumpió en mi imaginario de adolescente ya con gusto por lo tremebundo y lo llenó de arcanos y brumas, humores y amores y terrores, sarcasmos y melancolía, de luces y sombras: Ligeia, el cuervo con su "never more", el barril de amontillado, el corazón delator, el péndulo, la casa Usher...



Poco después descubrí el cómic y también disfruté con las adaptaciones de los cuentos de Poe de Richard Corben, Brescia y otros que se publicaban en las revistas de los 80 como Creepy, Totem... el género me atrapó, descubrí a Lovecraft y... enfin, acabé adicta, enferma crónica de literatura siniestra, porque cuando se empezaban a agotar mis recursos en las librerías de segunda mano llegaron Siruela y Valdemar. Benditos sean esos editores y que el señor acreciente sus rebaños, como diría lector constante.


Ahora soy una adulta que cuando está estresada y padece insomnio lee cuentos de miedo.

Más que cualquier otra cosa los relatos de misterio y de terror, la literatura gótica de vampiros, hombres lobos y aparecidos, poseen la cualidad de desengancharme de las que sean en ese momento mis cavilaciones rumiatorias. Que no es poco.

Las afinidades y preferencias que aparecen y permanecen en nuestra vida tienen raíces hondas y ocultas.

Todo es un misterio y todo está iluminado.


Ima y yo la mañana de reyes de 1965



* Por cierto que Círculo-Galaxia Guttenberg acaba de reeditar los cuentos completos de Poe en la traducción de Cortázar, en tapa dura y con ilustraciones de Joan Pere Viladecans. Son caros y no me los podré comprar. Si alguien me ama y tiene presupuesto extra para gastos suntuarios, puede regalármelos.

Addenda: Alguien que me amó tuvo el detalle de regalármelos por mi cumpleaños y hacerme muy feliz.

2 comentarios:

  1. Anónimo18/3/11 5:59

    Genial, felicidades!!!

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  2. Muchas gracias "anónim@", es uno de los posts que más me ha costado escribir y de los que aún me emociona si lo releo.

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